Orfila Bardesio, escritora uruguaya (1922-2009)


Misticismo y sensualidad, Alvaro Ojeda

SEGÚN SUS propios recuerdos, la necesidad de escribir la asaltó a los doce años mientras jugaba con otros niños. El juego consistía en saltar un enorme pozo llegando indemne a la otra orilla. Es posible imaginar aquella escena infantil con los gritos de excitación, el temor, la alegría del desafío. Consumado el propósito del juego, la futura poeta siente que debe escribir sobre esa experiencia: algo, alguna palabra, alguna vez.

Acaso esa sensación de riesgo, de oscuridad latente debajo de los pies de la niña, de abandono voluntario de una orilla real por otra incierta, pervivió en su poesía. Acaso el peligro, el desafío, la apuesta, sean la misión última del hombre en el mundo. Acaso en ese salto encontró Orfila Bardesio el tono definitivo de su poesía, el tono que evoca y consolida en su último libro – La canción de la tierra- publicado pocos meses antes de su muerte. En «Oración» escribe: «-¿Quieres pedirle algo/ al que nos salpica/ con agua del día?/ -Tal vez le complazca/ la gratitud que sube/ del corazón naciente,/ tal vez para tender/ un puente/ somos llamados/ tal vez para que amemos/ somos amados,/ y el amor sea/ la razón del mundo.»

En 1946, a raíz de la publicación de Poema, el segundo libro de Orfila Bardesio, Idea Vilariño -utilizando el seudónimo de Ola O. Fabre- escribió que en ella encontraba: «profundo amor, comprensión, ternura por las cosas y los seres, una vibración espiritual, intelectual, física, que corresponde largamente a ecos más delicados.»

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Lo que Vilariño no podía describir era que ese carácter amoroso hacia el universo todo, provenía de una postura religiosa -de re-ligar, de establecer puentes, de conectar orillas- que llevará a Bardesio a ser la única poeta cristiana y católica de la generación del 45. Del salto infantil sobre el pozo – el real y el simbólico- al extraño diálogo con Dios y con los hombres en ese poema tan cercano a la muerte de la poeta, sobrevive una constante. Dos orillas, un salto, el misterio insondable del pozo, los puentes que tiende la poesía.

Vida literaria. Orfila Bardesio nació en Montevideo el 18 de mayo de 1922. Su primer libro fue publicado en Buenos Aires en 1942 y en su título -La muerte de la luna- se advierte una característica de toda su obra: la generación de metáforas permanentes, en oleadas, muchas veces relacionadas con palabras de cierto prestigio literario a priori que la poeta logra vencer a fuerza de una creatividad frondosa, inusual en la poesía uruguaya. Parece abrevar en el Romanticismo alemán y en el Simbolismo francés, aunque a la hora de la verdad, su desbordada imaginación barre con toda influencia paralizante. En «La adolescente» de su poemario Uno. Libro tercero de 1971, dedicado a Concepción Silva Bélinzon escribe: «Desnuda, blanca, sola, como los huesos./ Un puñado de hormigas. Unas manchas de lluvia./ Unas puertas. Unas brisas naciendo de sus madres.» Palabras prestigiosas -lluvia, brisas, madres- ampliadas y vencidas por la irrupción de un ritmo cortante y la combinación con otras palabras más toscas, más comunes.

Por los años 40 la poeta escribe, sorprende y convive, en una Montevideo casi parisina, con escritores de generaciones que le anteceden. Así conoció a instancias del psiquiatra Alfredo Cáceres, -esposo de la poeta Esther de Cáceres- a Jules Supervielle, a Felisberto Hernández, Paco Espínola, Joaquín Torres García, Alberto Zum Felde y su esposa, la poeta Clara Silva. Escritores que de alguna manera la ven como un prodigio que debe ser guiado, protegido, mimado. De todas estas figuras y de ese Montevideo con sueños de grandeza y de futuro, dejó pulcra constancia en su libro de crónicas de 2006, El pasado cultural uruguayo. En 1950 se casa con el también poeta Julio Fernández y ambos se trasladan a la ciudad de Treinta y Tres, donde ejercen la docencia de literatura hasta la muerte de Fernández en 1974.

Mientras tanto se suman los libros. Su tríptico Uno iniciado en 1955 y culminado en 1971 muestra la consolidación de su poética. Surgen los animales cargados de simbología religiosa: el ciervo, el cordero, la garza, la paloma. Las menciones permanentes al mundo vegetal: magnolias, hiedras, encinas. Ese mundo natural y objetivo es el que le permitirá trascender en su madurez hacia un misticismo puro y a la vez original. Julio Cortázar en su minucioso ensayo «Imagen de John Keats» escrito entre 1951 y 1955, señala una similitud vital entre Keats y Bardesio basada en la experiencia de dos poetas jóvenes que se remiten a una infancia demasiado cercana pero asombrosamente sabia: «Si este canto produce en su principio la misma sensación escolar pronto se advierte que el poeta ha andado camino, que lo está andando en el poema; el retorno es rico, con noticias y presentes. Ya está como dice Orfila Bardesio: `Sabiendo de otro modo, por el orden/ de la encina y la hiedra`.»

Escrituras. La obra continúa. Publica Canción, dedicado a sus hijos, en 1970, Juego en 1972, La flor del llanto en 1973 y en 1984 el sorprendente El ciervo radiante, quizás su libro esencial. Su poesía experimenta un cambio. Mantiene esa generación de imágenes pero se acota a versos de menor extensión y mayor densidad. De igual manera esa religiosidad ingenua de los inicios deviene en una fuerte profesión de fe desde el único lugar en que ésta puede profesarse: la duda.

En el poema que inaugura La flor del llanto escribe: «Aquella flor/ con la que hablaba sola de niña/ ¿no eras Tú?/ ¿no era la corola de tu oído?» La pregunta está engañosamente dirigida a Dios, al amado, a ambos confundidos en un solo ser, como en San Juan de la Cruz. En Canción retomará la tradicional identificación entre mar y muerte de la poesía española dándole un giro entre sensual y provocador: «Y olvidado/ -tú, Mar, olvidado, por fin-,/ tal vez gires invisible/ como una lágrima/ por los vellos de los marineros/ que con los ojos habituados a verte/ no te vieron y sin embargo te reclaman/ como si estuvieras obligado/ a comparecer.»

Pero será en El ciervo radiante donde la figura de Cristo, representada en el animal de cornamenta renovada y poderosa, símbolo de la resurrección y del poder de la vida, tomará dimensión de rotunda existencia. En «El divino ciervo» luego de enunciar sucesivas imágenes del poder terrenal -guerreros, magos, tigres- opta por el único poder que salva, el poder del sacrificio y lo hace con versos memorables que descartan el combate que no sea emprendido: «sino por el guerrero de divina fuerza/ que herido por el tigre se desangra/ y con su misma sangre/ mientras él lo devora/ lo aniquila.»

Si bien en 1989 escribió un ensayo literario-religioso -La luz del ojo en el follaje- denunciando ciertas herejías internas que desvían a la Iglesia de su verdadero rumbo, en su último libro de poemas La canción de la tierra, retorna a un espíritu franciscano, de cohabitación amorosa con la naturaleza que redondea una intensidad y una coherencia dignas de la notable poeta que fue. Alaba a Dios desde la pequeñez humana pero asumiendo que el hombre siempre será la máxima creación divina. «Dios es listo pero no travieso», decía, citando a Albert Einstein. Hay unos versos de Orfila Bardesio que se corresponden con esta especie de amable certeza en la probidad divina: «Si yo quisiera saber/ lo que me espera/ después de la muerte/ ¿me escucharía/ el que me trajo/ a este mundo?/ -si me dijera algo/ que yo pudiera entender/ estaría contenta de saberlo?- .»

Orfila falleció el pasado 14 de octubre. La niña está ahora en la otra orilla del pozo.

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