Defiéndete tu: de Laidi Fernández de Juan


Defiéndete tú

Cuando se lee el documento que se ha dado en llamar “Plataforma de españoles  para la democratización en Cuba”, lo primero que asombra es lo largo de su título y lo escueto de su contenido. Seis oraciones pretenden brindar una panorámica de la situación cubana actual, para terminar con la frase trágica, urgente y conminatoria ¡No los dejemos solos!

Nuestro amor por el pueblo español es tan grande como antiguo, y los numerosos amigos y amigas que desde siempre nos apoyan, seguramente estarán avergonzados de los coterráneos que elaboraron el documento, o en el mejor de los casos, estarán sonriendo ante la ignorancia malintencionada con que se pretende resumir lo que sucede ahora mismo en Cuba. Si el verdadero objetivo de ese grupo firmante fuera ayudar al pueblo cubano (pongamos por caso), si de veras estuviera angustiado por la “feroz y dolorosa dictadura que mantiene al país en la miseria”, formaría  brigadas para el envío de alimentos, medicinas, agua potable y cuanta cosa aliviara la pretendida precariedad de nuestra existencia. Lejos del anuncio de acciones como esas, lo que se entiende al leer el análisis que se hace (¿quién lo hizo? ¿quiénes  son los españoles que tan abnegadamente pretenden democratizar a Cuba?)  es un llamamiento que parece salido de la garganta de un condenado. Un reclamo a que intervengan (aparentemente y hasta ahora con firmas y actividades pacíficas, pero quién sabe),  habitantes de todas partes del planeta.  Reconozco que resulta muy atractiva y sentimental  la imagen desde el punto de vista visual, de mujeres vestidas de blanco inmaculado desfilando con flores en la mano. Algo angelical debe percibirse ante dicha imagen, así como feas deben ser las de los momentos en que han sido rechazadas por la multitud. Hablo desde mi condición de pertenecer a una parte de la ciudad por donde ese grupo de mujeres pasa, desfila, marcha o simplemente se traslada sin inconveniente alguno desde hace más de cinco años. Reconozco que no estoy de acuerdo con las largas penas impuestas a sus familiares, aunque sí con la categoría de mercenarios que han recibido. Si las hubieran dejado desfilar en santa paz, más de la mitad de quienes ahora enarbolan sus imágenes como muestras de la “feroz y dolorosa dictadura”, ni siquiera estuviera enterada hoy de quiénes son esas mujeres. Llama mucho la atención que sea precisamente ahora cuando son utilizadas como ejemplo intolerable de injusticia y no varios años antes. Ahora, justo cuando un preso realiza una huelga de hambre de resultas de la cual fallece, y otro ciudadano mantiene igual rechazo a alimentarse, sacan a la luz el tema de las mujeres con flores. Bien armado está el paquete mediático anticubano, y somos responsables (o lo son quienes deciden cuáles informaciones debe recibir la población) de no haber adelantado la visión de lo que podía  fraguarse. Quien no tenga suficiente conocimiento de qué es Cuba, cómo somos los cubanos, qué pasa en esta isla ni de qué piden nuestros hijos, puede turbarse o incluso confundirse (lo reconozco también), ante las noticias que les llegan. La percepción de una inmensa masa desafortunada deambulando como fantasmas nocturnos por ciudades oscuras- que es la imagen que se está propagando de nuestro país-, provocará el inmediato rechazo del más inconmovible de los seres del planeta. Con toda intención, ese es el objetivo: Mostrar lo que no es, tergiversar hechos dolorosos como la muerte de un recluso, enaltecer la figura de alguien empeñado en su huelga número veintidós, insultar al más talentoso de nuestros trovadores, recriminar a los artistas que nos visitan, disminuir los duros efectos del bloqueo minimizando sus consecuencias, o incluso atribuir su abusiva y larguísima existencia a las propias autoridades del país, como si se tratara de un macabro juego del gato y el ratón.

Coincido con el trabajo publicado el día 13 de mayo  en El País,  del escritor cubano Arturo Arango en dos cuestiones que me parecen fundamentales: Una es que “las presiones externas entorpecen los cambios tan deseados que deben realizarse en la isla”.

¿Cuáles cambios deseados por quiénes? Por nosotros, lógicamente,  los que vivimos aquí. Nosotros, que resistimos el azote de sucesivos huracanes, que soportamos el Período Especial, que no abandonamos la nave ni en sus más infelices momentos, que somos testigos de cuánto sufren las esposas, las hijas y las madres de cinco jóvenes prisioneros en Estados Unidos. Nosotros, que llevamos una increíble cantidad de tiempo imposibilitados de obtener medicamentos tan urgentes como citostáticos (por mencionar un grupo terapéutico).

Las transformaciones que consideramos útiles para la preservación de un sistema que sigue pareciéndonos justo, las pedimos a los que pueden llevarlas a cabo sin perjudicar la esencia misma de nuestras tradiciones de lucha. Y efectivamente, cada vez que somos presionados, se da un paso hacia atrás en la posible vía de los cambios, porque ponernos en guardia es tan lógico de parte nuestra  como es injusto de cualquier otra. Ya  Silvio Rodríguez dijo que de cierta forma vivimos en un país anormal por lo que pretendimos hacer y por el cerco que estamos padeciendo. Esa condición de cercados explica nuestra perenne disposición a movilizarnos ante cualquier amenaza. Lejos de disfrutar del militarismo (como también han querido hacer ver), nos desgasta mucho la preparación combativa; nos consume tiempo, energía, recursos. Ojalá fuera posible la vida sin el sobresalto de una posible agresión. La de Playa Girón está todavía fresca en la memoria, aunque hayan pasado cuarenta y nueve años. Al sentirnos  presionados, la posibilidad de cambios queda soslayada. No hay discusión viable frente a la posibilidad de una noxa externa del calibre de una invasión. Se puede debatir  la conveniencia de un nuevo periódico, la necesidad de cambios urgentes en la política migratoria cubana, o la aceptación de una forma mixta de economía doméstica  (por citar algunos ejemplos que demanda la actual sociedad), pero no en momentos de presiones.

La otra cuestión que comparto con mi colega Arturo Arango es la que se refiere al pensamiento de los jóvenes cubanos. Como él, sigo de cerca las manifestaciones culturales (música, teatro, diseño gráfico, literatura, cine) realizadas por ellos, los reclamos, los graffitis en las calles, las inquietudes de quienes nacieron en los años de la crisis económica de los años noventa. La necesidad de transformaciones que exigen pone en evidencia que la apatía no les llega de cerca, no los abate. Aún sin que pertenezcan a las generaciones que se sienten endeudadas emocionalmente con la revolución, muestran el compromiso de un grupo  que se niega a que el futuro sea idéntico al pasado que fue superado hace más de cincuenta años.

No intento ofrecer un panorama que justifique nuestro modo de pensar, como no  esperamos explicaciones de ningún otro pueblo. Por elemental respeto, jamás cuestionaremos la conducta de otra nación, entendiéndose como tal la masa de habitantes de un país. Asimismo, me parece ridículamente pretenciosa la expresión ayudemos al pueblo cubano para que alcance la democracia lo antes posible.

En el día de hoy se ha celebrado en Cuba la primera sesión del Programa Cultural en saludo al  Día Mundial de lucha contra la homofobia. Un público numeroso acudió a las actividades que incluyeron lecturas de textos alegóricos, proyección de documentales, de cortometrajes, exposiciones de fotografías, debates con críticos teatrales, de arte y especialistas en materia sexual, lanzamientos de libros y de revistas, la actuación del gran actor Osvaldo Doimeadios y paneles como “Religión y diversidad sexual”. Sucesos como éste eran  impensables hace cuatro años, y aspiramos a que esa línea participativa y respetuosa  se multiplique y favorezca el diálogo entre todos los sectores de la sociedad. Obviamente, una “feroz y dolorosa dictadura”, no hubiera permitido tal acontecimiento por tercer año consecutivo. Ni siquiera por un instante. Estaría ocupada en sembrar ferocidad y dolor, me imagino.

Nos corresponde a los cubanos definir la estrategia de nuestro camino, asumir nuestra responsabilidad social y la selección de las mejores opciones según nuestro criterio.

Agradecemos las buenas intenciones de aquellos amigos que desde la honestidad y la transparencia muestran preocupación por nuestra realidad, pero al resto, les decimos como aquella canción tan de moda en su momento: Defiéndete tú y déjame a mí, que yo me defiendo como pueda. No recuerdo haber visto los nombres de quienes ahora firman documentos, proclamas, cartas y plataformas, en los listados de aquellos que generosamente donaron parte de sus ahorros cuando Cuba fue arrasada por varios huracanes, o en las solicitudes para el cese del bloqueo, o colaborando junto a nuestros médicos en Haití. Hubiera sido válida entonces la petición de no dejarnos solos. Pero claro, otra sería la historia.

Laidi Fernández de Juan, Ciudad de La Habana, 14 de mayo del 2010.

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