David Viñas, homenaje en la Biblioteca Nacional el sábado 12 de marzo


CULTURA

El revés y la trama de Viñas

Por Pablo E. Chacón y Juan M. Rapacioli

Los amigos y admiradores de David Viñas tuvieron el sábado la ocasión de despedir la figura de ese maestro de la provocación con un acto en la Bibloteca Nacional, que de haber sido pensado con tanta justeza, difícilmente saliera mejor. El sábado a las cinco de la tarde, el auditorio Jorge Luis Borges ya estaba a tope: escritores, editores, alumnos, discípulos, colegas, admiradores, habían aceptado la convocatoria que el mismo jueves del deceso, sacó de la galera Horacio González, director de la institución. Viñas continuó una serie que deja al mundo intelectual argentino algo más huérfano: en un año y meses se fueron de este mundo Fogwill, Leónidas Lamborghini, Héctor Libertella y Tomás Eloy Martínez. Y si bien es cierto que la literatura local pasa por un momento con nombres sólidos, establecidos y otros nuevos que van tomando la posta, la herencia de los cinco nombrados -a quienes habría que agregar el de José Luis Mangieri- no será nada fácil de procesar. Sentados hasta en las escaleras, se agolpaban los estudiantes y los consagrados: González, que abrió el acto, dijo a Télam: “(Viñas), queriendo ser un escritor del realismo, tomando el lenguaje en su materialidad, se convirtió en el máximo creador de metáforas de la crítica literaria y también de la novela. Finalmente, se puede decir que fue el gran retórico argentino”. Y ahí estaban, todos, o casi todos: Américo Cristófalo, María Pía López, Eduardo Rinesi, Ricardo Piglia, Beatriz Sarlo, Eduardo Gruner, Martín Kohan, Miguel Vittagliano, Gabriela Mizraje, Germán García, Eduardo Tato Pavlovsky, Horacio García, Noé Jitrik, Raúl Serrano y Jorge Lafforgue. Pero también el secretario de Derechos Humanos de la Nación, Eduardo Luis Duhalde, las actrices Cristina Banegas y Soledad Silveyra, representantes de la agrupación Razón y Revolución (que Viñas apadrinaba), una de sus heredaderas, Gabriela García Cedro, y desde la distancia, los saludos de Hugo Savino, Graciela Montaldo y Sergio Chejfec. Y todos, o casi todos hablaron: Cristófalo, actual director de la carrera de Letras de la UBA, quien presentó un video inédito de una de las últimas clases de Viñas, donde terminaba recitando unos versos del poeta peruano César Vallejo. De inmediato, Piglia, quien formó parte del primer plantel de profesores de la carrera de Letras a mediados de los ochenta, un “dream team” que también incluía a Josefina Ludmer, Enrique Pezzoni, Sarlo y Viñas, por supuesto. Piglia también habló con esta agencia: “David muchas veces era arbitrario, rápido para cierto tipo de conclusiones, pero tuvo la virtud de ser fiel a un modo de leer y no dejarse interceptar por las modas críticas, como suele suceder a menudo en la literatura argentina”, dijo. En aquel caldero se cocinaron muchos proyectos, revistas, libros, prestigios; acaso el grupo Shangai fue el más resonante (y publicitado): la revista Babel, que reunió a Daniel Guebel, Alan Pauls, Martín Caparrós, Jorge Dorio, Sergio Bizzio y Luis Chitarroni, operó en un campo que más tarde prosperó incluso en vertientes menos `nobles`: la asociación entre la idustria editorial, menos trasnacionalizada, y las bellas letras. Esa juvenilia supuestamente cínica e indiferente a la conciencia social, sin embargo volvió a traer a escena a Fogwill, a César Aira, a Juan José Saer (en tándem con el Diario de Poesía y Punto de Vista), a Viñas y a Marcelo Cohen. Piglia contó que sus discusiones con el homenajeado solían girar sobre la especificidad del escritor de izquierda, “o de una escritura de izquierda, distinta de esa otra, que identifica el antiintelectualismo con un registro popular”. Cristina Banegas interpretó un fragmento de la novela “Hombres de a caballo”, y Soledad Silveyra, ex pareja de Viñas, leyó un fragmento inédito, un monólogo que acaso alguna vez conozca las letras de molde. Las palabras de Sarlo -que precisamente ayer publicó un artículo sobre el escritor y ensayista en el diario La Nación-, que el hombre leía todos los días, eran esperadas con cierta impaciencia. Agradeció la invitación y recordó que Viñas fue uno de sus maestros; el otro fue Jaime Rest, muerto durante la dictadura; reconoció su deuda intelectual con ambos y sorprendió a tirios y troyanos con esa pieza periodística, publicada en un diario vinculado a la industria mediática más concentrada, al agro y al Opus Dei. Pero también contó que las dos últimas veces que había visto a Viñas, lo notó debilitado o cansado. Y agradeció haberlo podido despedir luego de tantas discusiones “estos últimos veinte años”. Luego fue el turno del editor y escritor Jorge Lafforgue, que al recordar a su amigo ido, no pudo contener su emoción. Antes, contó que se conocieron en la redacción de la revista Imago Mundi en 1953. Eduardo Luis Duhalde saludó a los presentes y lamentó la pérdida como quien sabe que si se apoya estará una pared, pero que ahora esa pared ya no está, irreversiblemente. Para el final, el director de teatro Raúl Serrano y otro de sus cómplices de antaño, Noé Jitrik, que prefirió recordar los treinta años de coincidencias estético-ideológicas antes que los treinta años de diferencias en esos mismos campos.

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