Cubaliteraria: Carta por el Caballero de París de La Habana, por Ladi Fernández de Juan


Dirán que vivías en Prado y Malecón, que te vieron en Infanta y San Lázaro, que pernoctabas cerca de la Basílica Menor; en muchos lugares habrá testigos de tu paso por las calles de La Habana, pero no es posible negar que fuera la esquina de 23 y 12, en El  Vedado, tu sitio escogido durante más tiempo.

Allí te recuerdo, rodeado de moscas y periódicos a la salida de la pizzería, envuelto en cartones y vestido con un traje negro, atemporal como tus barba y melena, como tú mismo.

He leído Yo soy el Caballero de París, libro donde el Doctor Luis Calzadilla Fierro, tu psiquiatra, confesor y amigo, recoge lo que más se acerca a tu historia personal desde que aceptaste ser recluido en el Hospital Psiquiátrico de La Habana, en 1977, hasta la madrugada del 11 de julio de 1985, cuando fue firmada el acta de defunción que da fe de tu desaparición del mundo terrenal.

 

La leyenda de tu existencia no cesa. Ni siquiera la lectura de los testimonios de quienes estuvieron (o intentaron estar) cerca de ti, logra disipar por completo los misterios que rodean, no solo el momento en que tu mente comenzó un largo camino incomprensible para nosotros, sino también cómo fue posible tu sobrevida. Alimentándote como las aves silvestres, soportando  inclemencias de todo tipo y abandonado a la suerte que escogiste, resulta milagroso el buen estado de tu salud física.

Tal vez tu condición de personaje más que de persona, mantuvo indemnes tus sistemas fisiológicos para que disfrutáramos de tu presencia durante muchísimo tiempo. Al integrarte al paisaje urbano de La Habana como ser imprescindible, quizás fuera ella quien cuidara de tus necesidades más perentorias. La Habana te cobijó, aceptándote como hijo ilustre, peculiar e irrepetible porque eras su testigo cómplice a través de los tiempos. A pesar de tus incoherencias verbales (“parafrenia confabulatoria” fue tu diagnóstico), durante los ochenta y ocho años de tu vida jamás dañaste a ningún ser, jamás insultaste a nadie, nunca consumiste un ápice de energía vital en provocar molestias ajenas.

La fama del Caballero que sí fuiste alcanzó momentos significativos, que sin embargo, no parecieron bastarte. El hecho de que el maestro Antonio María Romeu haya compuesto el danzón en tu honor De París, un Caballero, popularizado nada más y nada menos que por Barbarito Diez, debía haber satisfecho el extraño nivel donde colocabas tu autoestima , pero tus palabras finales no lo corroboran.

Fuiste la figura principal del programa televisivo Escriba y Lea en 1981, teniendo la oportunidad única de presenciar a través de la pantalla cómo era debatida la supuesta historia de tu vida públicamente, y sin embargo, ansiabas más. Fue tu reclamo casi un susurro, un pedido de clemencia al mejor de tus amigos, el Doctor Calzadilla. Debo decir que a nosotros, los que te conocimos en nuestra infancia y aquellos que, de cierta manera, te consideraron parte del ambiente habanero sin verte como el ser humano cálido que eras, nos resulta paradójico que al final de tu vida dudaras de la impronta que dejó para siempre tu paso por la ciudad.

La Habana no sólo te recuerda, Caballero de París (¿qué importancia tiene tu nombre real: Juan Manuel López Lledín?), sino que te echa de menos. El recobro de la llamada cordura, que te ocurrió justo la noche en que ibas a morir, nos deja el mal sabor de no haberte hecho sentir la grandiosidad que merecías:

“¿Contarás mi historia, para que no me olviden?”, pediste a tu amigo Calzadilla. “Lo prometo. Nadie lo olvidará” te dijo el Doctor.

Y así ha sido, querido amigo de La Habana. El libro Yo soy el caballero de París, que tiene once años ya, contribuye a dicha perpetuación, pero me atrevo a decirte algo que sospecho te gustará más: Es la memoria de los habaneros, la herencia de tus anécdotas que nos llega a los hijos y a los hijos de los hijos como si fueran corrientes osmóticas que no se acaban, lo que garantiza la permanente sombra de tu figura en estas calles, que tanto te amaron, y que mucho siguen necesitándote.

Laidi Fernández de Juan, junio, 2011.

 

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