El crimen de Granada, por Mario Goloboff


Artículo publicado en Miradas al Sur

Contratapa del Año 4. Edición número 170. Domingo 21 de agosto de 2011

A poco de ocurrido, lo denuncia y señala el gran Antonio Machado: “Labrad, amigos, / de piedra y sueño, en el Alhambra, / un túmulo al poeta, / sobre una fuente donde llore el agua, / y eternamente diga: / el crimen fue en Granada, ¡en su Granada!”.
Durante los primeros tiempos del alzamiento franquista contra la República española hubo innumerables hechos de resonancia humana y cultural que conmovieron al mundo: cronológicamente, el segundo o el tercero fue el bombardeo por aviones de la Legión Cóndor alemana de la población civil de Guernica, un brutal signo de la época. Luego de aquellos famosos gritos del manco del franquismo José Millán de Astray en la Universidad de Salamanca: “¡Abajo la inteligencia! ¡Viva la muerte!” que motivaron el retiro para siempre de Don Miguel de Unamuno. Pero el primero, sin lugar a dudas, cuando había pasado apenas un mes del levantamiento, fue aquel asesinato, el 19 de agosto de 1936, del magnífico poeta Federico García Lorca, en Viznau, junto a otros hombres de Granada considerados “elementos indeseables”, ni siquiera “revolucionarios”, aunque no adictos, ciertamente, al régimen.
Autor de ya legendarias piezas teatrales y especialmente de grandes tragedias, como él quería nombrarlas (Mariana Pineda, La zapatera prodigiosa, Bodas de sangre, Yerma, Doña Rosita la soltera o el lenguaje de las flores, La casa de Bernarda Alba), en las que cuestionó seriamente el régimen feudal andaluz, el peso de la iglesia, la condición de aislamiento y servidumbre en que vivían sus mujeres; de bellos y antológicos poemas líricos, eróticos, elegíacos, sociales, populares (donde sobresalen los Poemas del cante jondo –1921–, el Romancero gitano –1927–, Poeta en Nueva York –1930–, el Llanto por Ignacio Sánchez Mejías –1935–); era también director teatral, con ideas muy precisas sobre la modernidad de la representación; un músico relevante, un dibujante notable, un animador cultural sin parangón. A todo ello hay que sumar grandes textos conocidos póstumamente, como Diván del Tamarit y los Sonetos del amor oscuro, sometidos durante años al cerco de silencio, censura y homofobia que padecieron la vida y buena parte de la obra de García Lorca.
A pesar de su juventud (había nacido en 1898, tenía sólo 38 años recién cumplidos al momento del crimen), era muy conocido en España, en buena parte de Europa y de América latina, mantenía relaciones culturales y literarias del máximo nivel, y afectos hondos en todo el mundo. Un hecho bastante singular para nosotros fue, por eso, su visita a Buenos Aires en octubre de 1933. Los medios de la época lo recibieron como a un poeta consagrado y recogieron sus primeras declaraciones: “Lo único que me interesa es divertirme, salir, pasear, vivir. Mi última preocupación es la literatura. Nunca me propongo hacerla, pero en determinados momentos siento irresistibles deseos de escribir y entonces, cuando produzco, lo hago con placer, sin tregua, sin descanso, para luego retornar a mi existencia anterior”.
Aquí, como en cada uno de sus gestos, está él enteramente dibujado: su alegría de vivir, su apuro por gozarlo todo, su pulsión literaria y hasta sus desdichas.
Muchos intelectuales recordaban haberlo conocido y frecuentado por esos días, y nuestro César Tiempo se jactaría alguna vez de haber oficiado una presentación, muy verosímil, con Carlos Gardel en el vestíbulo del entonces Teatro Smart donde se ensayaba su comedia El teatro soy yo. Había venido a dar una serie de conferencias y a ver la reposición de Bodas de sangre, con Lola Membrives, en el Avenida. Al término de la primera función, se dirigió al público porteño: “En los comienzos de mi vida de autor, yo considero como fuerte espaldarazo esta ayuda atenta de Buenos Aires, que correspondo buscando su perfil más agudo entre sus barcos, sus bandoneones, sus finos caballos tendidos al viento, la música dormida de su castellano suave y los hogares limpios del pueblo donde el tango abre el crepúsculo de sus mejores abanicos de lágrimas”.
Paraba en el Hotel Castelar, de la Avenida de Mayo; solía comer en el desaparecido El Tropezón, de Callao; dirigió una obra de teatro (La dama boba, de Lope de Vega), dio varias conferencias, habló improvisadamente en numerosos cafés donde se lo reclamaban y anudó amistades con Pablo Rojas Paz y su esposa Sara, Conrado Nalé Roxlo, María Rosa Oliver, Norah Lange, Oliverio Girondo, Pablo Neruda… Justamente, con Neruda compartió en el Pen Club un almuerzo, que en verdad fue dedicado a ambos y que ellos ofrecieron al emotivo recuerdo de Rubén Darío “por cuyo homenaje y gloria levantamos nuestro vaso”. Finalmente, en marzo de 1934, se despidió con menos alegría que la que había traído y, visiblemente aquerenciado, con palabras ya nostálgicas de paisajes y de amigos.
A pesar de pertenecer a clases pudientes de Granada, con su mirada de sensible poeta, perceptiva de las hondas corrientes de la sociedad, sin duda porque durante las primeras décadas del siglo XX cruzaban fuertemente los vientos revolucionarios en Europa, tal vez también por su cercanía al surrealismo, tenía ideas muy claras de lo que se llamaría “la función social de la literatura” o la del escritor: “Se percibe que en todo el mundo se pugna para desatar un nudo que ofrece grandes resistencias. De ahí esta oleada social que todo lo anega. En estas circunstancias, el arte ha venido a constituir una preocupación secundaria en el mejor caso (…). En este mundo, yo siempre seré partidario de los que no tienen nada y hasta la tranquilidad de la nada se les niega”.
Era el sentimiento acendrado y muy profundo de justicia que tenía, forjado seguramente por su infancia y por su tierra. En una entrevista de 1931 había declarado: “Yo creo que el ser de Granada me inclina a la comprensión simpática de los perseguidos. Del gitano, del negro, del judío, del morisco que todos llevamos dentro”. Y percibía que toda su obra estaba infiltrada por ese sentimiento.
La obra poética era entonces, para él, un trabajo en medio de otros trabajos sociales; la poesía era su oficio: “La poesía es como un don. Yo hago mi oficio y cumplo con mis obligaciones, sin prisa, porque sobre todo cuando se va a terminar una obra, como si dijéramos cuando se va a poner el tejado, es un placer enorme trabajar poco a poco”. Y veía el teatro como la cumbre, el ápice de todo: “El teatro es la poesía que se levanta del libro y se hace humana”.
Mataron (y quizá por ello) a un ser, a un artista de integridad ejemplar.

Por

Mario Goloboff, escritor

contacto@miradasalsur.com

Nota en Miradas al Sur

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