Posts Tagged ‘Ricardo III’

ENERO EN DALE CINE: Seminarios de Cine por Sergio Zadunaisky

20 diciembre 2012

ENERO EN DALE CINE 

Seminarios de Cine dictados por Sergio Zadunaisky

Librería CRACK-UP

COSTA RICA 4767, PALERMO, Ciudad Autónoma de Buenos Aires

MIÉRCOLES 2 DE ENERO de 2013, 19 HORAS

“EL CUADRO DENTRO DEL CUADRO, EDWARD HOPPER Y EL CINE”

clip_image002

Cada obra de Hopper es un encuadre y condensa una narración en su interior. El espectador cree asistir a una visión, a un momento congelado, y requiere de la adherencia de nuevos instantes por parte del observador, de ahí su carácter cinematográfico.

En este seminario analizaremos la obra de Edward Hopper en su relación con el cine. El diálogo establecido entre el artista y los directores que toman sus trabajos como referencia, correspondencias y diálogos con el cine negro, el melodrama, Wim Wenders, Alfred Hitchcock, Aki Kaurismaki y los Hermanos Coen, entre otros.

La clase se brindará el miércoles 2 de enero a las 19 hs. en la librería Crack-Up, Costa Rica 4767.

 

MIÉRCOLES 9, 16, 23 Y 30 DE ENERO

“PUESTAS EN ESCENA, SHAKESPEARE VISTO POR EL CINE”

clip_image004

En la imagen, “Hamlet”, de Grigori Kozintsev

 

“¿Qué es el cine sino el teatro de rápida movilidad de escenarios que soñaron Shakespeare y Diderot? Historias de (more…)

Buscar la poesía, por Pedro Mairal

29 octubre 2011

para diario Perfil,

Buenos Aires, sábado 28 octubre de 2011

Mañana voy a buscar los libros de poesía que me dejó. Repartió su biblioteca entre sus discípulos, sus amigos. Los libros de filosofía y ensayos a S., la narrativa a G., a mí la poesía. Tengo que ir a su departamento vacío y llevarme los libros. Los tengo vistos: Vallejo, Neruda, Giannuzzi, Dylan Thomas… Es un estante largo. Deben estar también mis libros de poemas ahí. Uno con la contratapa firmada por él. La última vez que lo fui a ver ya no podía hablar, así que hablé yo durante cinco minutos, que era el tiempo que él había adjudicado a las visitas. Le hablé de la efectividad de algunos ejercicios suyos en mi taller, como esa consigna que dice: por suerte, el viaje era muy largo. Le hablé de cómo va el trabajo de recopilación de la obra de César Mermet, le hablé de Entre Ríos, de la mejoría en la salud de un amigo en común y de otras cosas. Fueron siete minutos en realidad. El apenas acotó algunas palabras sin sonido en la voz, me dijo gracias, le agarré la mano y nos despedimos. Me acuerdo de que ese día me había mentalizado para verlo así, tan horizontal, entonces yo estaba muy vertical, me sentía más alto que de costumbre, más sano y dinámico. Hasta me sentía atractivo, lindo. No sé cómo explicarlo bien, queda medio ridículo decirlo. Pero fue como una defensa. Me convertí en el Pedro más alto para aguantar. Salí de su casa y caminé, alto y hermoso. Mi amigo y maestro se estaba muriendo. Así que yo le tenía que mostrar toda mi fuerza. ¿Sería eso? Le tenía que mostrar que en mí, como en lo otros, algo de él iba seguir en la luz. Sin melancolía. Y es cierto. Incluso ahora que me volví a encorvar, ahora que me siento medio monstruoso y apaleado como un Ricardo III planeando cosas horrendas, ahora digo, algo de él va conmigo, en el envión del castellano, en la manera de sacarle el jugo verbal a lo estático y lo sucedido, la manera de rodear la experiencia hasta hacerla decir cómo fue, qué pasó, cómo era estar ahí en ese instante y metido en la totalidad del tiempo vivo. Se fue sin hacer escándalo, sin hacer bache en la reunión de amigos. En su despedida, se bebió, se fumó y, como corresponde, se habló mal de él durante un rato largo.

Leer en diario Perfil