Premio Nobel de Literatura 2009


Sorpresas de la Academia

Esta vez no se trató sólo de Herta Müller, la galardonada con el Nobel, sino de su grupo étnico.

Esta vez la pregunta no es la ya usual: ¿quién había oído hablar antes de Herta Muller… o de J. M. Le Clezio, o de Elfriede Jelinek, o de Imre Kertesz, o de Wyslawa Zymbroska? (Son todos escritores que han recibido el Nobel los últimos años.) La pregunta es aún más rara: ¿quién ha oído hablar de los suabos? La Academia Sueca ha dado otro paso más en el reconocimiento de la complejidad literaria al adentrarse en la escritura verdaderamente multicultural de la ‘tercera’ Europa: la Central, cuya multiplicidad de grupos étnicos y lingüísticos desafía todo intento de catalogar como ‘nacionales’ a sus literaturas.

Esta vez la pregunta no es la ya usual: ¿quién había oído hablar antes de Herta Muller… o de J. M. Le Clezio, o de Elfriede Jelinek, o de Imre Kertesz, o de Wyslawa Zymbroska? (Son todos escritores que han recibido el Nobel los últimos años.) La pregunta es aún más rara: ¿quién ha oído hablar de los suabos? La Academia Sueca ha dado otro paso más en el reconocimiento de la complejidad literaria al adentrarse en la escritura verdaderamente multicultural de la ‘tercera’ Europa: la Central, cuya multiplicidad de grupos étnicos y lingüísticos desafía todo intento de catalogar como ‘nacionales’ a sus literaturas.

Herta Müller, la escritora galardonada, pertenece a una de las muchas minorías que, como efecto de los desplazamientos internos en el enorme imperio austrohúngaro que dominó el centro de Europa hasta la I Guerra, emigraron a regiones a las que no pertenecían ni étnica ni lingüísticamente.

Los suabos de Banat son alemanes que en el siglo XVIII emigraron a esa parte del imperio, conservando su idioma y sus costumbres. El desmembramiento de los dominios austrohúngaros tras la I Guerra Mundial dividió la región: la parte de Banat donde nació Herta Müller -cuya ciudad principal es Timisoara- pertenece hoy a Rumanía, otra parte pertenece a Serbia y hay una pequeña parte en Hungría.

Todo este preámbulo es necesario para situar a Herta Müller, hija de campesinos suabos del Banat rumano, en el panorama cultural y lingüístico en el que se formó y en el ambiente de represión que la rodeó en su juventud, aún antes de que el temible dictador Nicolae Ceasescu obtuviera el poder en 1974.

La II Guerra tuvo un efecto sobre las minorías alemanas en los países de la Europa Central (empezando por la anexión, por parte de Hitler, de la región de los Sudetes, en Checoeslovaquia, reclamada por él como parte integrante del volk -o pueblo- alemán. Rumanía, tal vez por la influencia de sus minorías germanas, entró en la guerra del lado de las potencias del Eje.

En 1944, poco antes del fin de la contienda, cambió de bando y se puso del lado de los Aliados, lo cual no le granjeó grandes ventajas con estos en la postguerra. Las minorías alemanas pasaron entonces de una posición de prestigio a ser grupos perseguidos durante los años de la ocupación soviética: eran el enemigo interno.

Los soviéticos los identificaban como afectos a Hitler (lo cual fue cierto en muchos casos, entre ellos el del padre de Herta Müller, que perteneció a las Waffen SS, un cuerpo de combate asociado estrechamente al Partido Nazi). Muchos alemanes étnicos, como la madre de la hoy Premio Nobel, fueron enviados a los temidos Gulag o campos de trabajo de la Siberia.

Nacida en el pueblo de Nichtidorf, Herta Müller se crió en un ambiente totalmente germano que definió su identidad cultural. Ni siquiera aprendió el rumano hasta ya entrada su adolescencia: se trataba, en cierto sentido, de la lengua de los ‘otros’, a pesar de que su nacionalidad legal era la rumana.

Cuando empezó a escribir y a publicar en 1982 lo hizo, pues, en el alemán de los suabos, pintoresco y un tanto arcaico, lleno de rumanismos, lo cual acentuaba su liminalidad como escritora, es decir, su situación intermedia y ambigua como creadora no identificada de lleno con un grupo o tradición lingüística o literaria central. Fritz König, estudioso de las literaturas centroeuropeas, ha escrito: «La tragedia de todos los escritores rumanogermanos es que para sobrevivir tienen que emigrar a Alemania adonde, por otra parte, están destinados a perder su cultura y su medio acostumbrado como escritores».

Lo que distingue la escritura de quienes escriben como minorías alemanas en Centro Europa es un sentido de desarraigo, la búsqueda de una patria que no encuentran sino en la lengua misma. En el caso de Müller en particular, hay también un deseo de claridad moral, de protesta fundamental contra una represión que distorsiona la vida y el pensamiento y una indagación en la manera en que las mujeres experimentan la tiranía.

La adolescencia de Herta Müller estuvo marcada por el gobierno tiránico de Ceausescu en Rumanía. En la Universidad de Timosoara estudió literatura alemana y empezó a interesarse entonces por la rumana, especialmente su folklore. En una entrevista reciente, la escritora dijo: «Las metáforas son mucho más sensuales en rumano; son directas. Esas imágenes directas me gustan más que lo que me ofrece mi lengua materna, el alemán. Esa fue una de las razones por las cuales quería aprender rumano».

En Timosoara se unió a un grupo de jóvenes escritores de habla alemana y de posiciones políticas contestatarias, el Aktionsgruppe Banat, que se preocupaba por la situación del escritor germano en una ciudad del este.

El grupo fue prohibido en 1975. Entre sus integrantes estaba Richard Wagner, narrador y ensayista, quien luego sería su marido. La Securitate -organismo secreto del estado- le abrió  a la novelista una carpeta en que la acusaban de pertenecer a «un círculo de poetas de lengua alemana conocido por sus escritos hostiles».

En una entrevista publicada en Die Zeit un mes antes de que se anunciara el Nobel, dijo que su carpeta tenía «… tres volúmenes, 914 páginas. Aparentemente la abrieron el 8 de marzo de 1983 y la razón que dieron para abrirla fue ‘Distorsiones tendenciosas de las realidades del país, sobre todo en los ambientes pueblerinos’. Alegaban que eso estaba en mi primer libro de relatos, ‘Nadirs’ (publicado en 1982).»

El hostigamiento siguió mientras ella trabajaba en una fábrica de tractores a mediados de los años ochenta, traduciendo los manuales de uso del alemán al rumano.

Como ella no accediera a ser  informadora de la Securitate, los ataques continuaron. Herta fue despedida de su trabajo y luego acusada de ser una carga para el estado; fue sometida a interrogatorios desagradables y seguida por todas partes. Cuando emigró a Alemania, la Securitate la siguió con una campaña de difamación que la tildaba de espía.

En 1987 Herta Müller y su marido se trasladaron a Berlín. Salvo su primer libro de cuentos, ‘Nadirs’, que se publicó en forma censurada en Rumanía en 1982 (traducido al español como ‘En tierras bajas’), sus libros -entre ellos los otros tres traducidos al español: ‘El hombre es un gran faisán en el mundo’ (1986); ‘La piel del zorro’ (1992) y ‘La bestia del corazón’ (1994)- se publicaron en Alemania.

En ese país recibió también varios premios literarios, entre ellos el Franz Kafka en 1999 y el de la Fundación Konrad Adenauer en el 2004. Su más  reciente novela, ‘Atemschaukel’ (‘Columpio del aliento’) ha sido nominada para el premio nacional de literatura alemana.

Al llegar a Alemania, llegaba a un país cuya literatura también había sido afectada por el enorme trauma del nacionalsocialismo y la II Guerra. La escritura alemana revivió en gran parte después de la guerra con la obra emblemática de Gunter Grass, ‘El tambor de hojalata’ (1959), que reconocía los cambios sicológicos que la historia producía en individuos y naciones.

Otros, como Heinrich Böll, examinaban el legado del pasado alemán en obras como ‘Billar a las nueve y media’ y, como Siegried Lenz, enfocaban sobre el nacionalsocialismo y lo que había significado para la autoimagen alemana.

Poco antes del momento en que Herta Müller llegó a Berlín empezó a surgir en ambas Alemanias -la oriental y la occidental- una literatura femenina caracterizada por una ‘nueva subjetividad’ que identificaba lo personal con lo político. Entre las escritoras más renombradas estaba Christa Wolf, de la Alemania Oriental, que exploró -en obras como ‘Cassandra’ (1983)- los temas del género y la política.

La escritora ha dicho: «El tema de mi escritura no lo he elegido yo, se me echó encima». Lo que hemos podido leer de su obra revela que escribe en una prosa absolutamente sencilla, incluso átona, escuetamente descriptiva. Se podría caracterizar como brechtiana por la distancia emocional que establece con sus temas, como si la represión tuviera también el efecto de dejar a las personas desprovistas de emoción, atentas tan sólo a las nimiedades de la vida. El laudo del Nobel señala que ella, «con la concentración de la poesía y la franqueza de la prosa, describe el panorama de los desposeídos».

Sus oraciones -por lo menos en traducción- son muy cortas. Los personajes se sitúan en contextos grises y faltos de belleza. Los conflictos se intuyen más que se expresan; están dados a través de las frustraciones diarias, de la incapacidad de los personajes para la locuacidad o la alegría. Así empieza, por ejemplo, ‘El hombre es un gran faisán’: «En torno al monumento a los caídos han crecido rosas. Forman un matorral tan espeso que asfixian la hierba. Son flores blancas y menudas, enrolladas como papel. Y crujen.

Está amaneciendo. Pronto será de día. Cada mañana, cuando recorre en solitario la carretera que lleva al molino, Windisch cuenta qué día es. Frente al monumento a los caídos cuenta los años. Detrás de él, junto al primer álamo donde su bicicleta cae siempre en el mismo bache, cuenta los días. Por la tarde, cuando cierra el molino, Windisch vuelve a contar los días y los años».

Si uno de los efectos de un premio como el Nobel es hacernos concientes de escritores anteriormente desconocidos, ciertamente que la Academia Sueca lo ha logrado en los últimos años. Por otra parte, se hace evidente con este premio que hay heridas aún sangrantes en la siquis europea.

El pasado nazi no ha sido asimilado del todo y menos aún lo ha sido la represión soviética y su dominio sobre los países de detrás de aquella llamada ‘Cortina de hierro’. Hará falta que pasen muchos más años y que se escriban muchos más libros -novelas, poemarios, ensayos- para que aquel continente asimile, comprenda, objetive y supere sus sufrimientos.

Esa es, también, función de la escritura: nombrar para poder comprender; ponerle palabras al horror para poder sobrevivirlo; aclarar el sentido moral de los extremos más difíciles del comportamiento humano. A lo único que no se puede recurrir -como han querido algunos- es al silencio, que nos condena a la peor aniquilación: la de los que no saben.

¿Qué pinta Tarzán en todo esto? Pues resulta que el famoso actor que lo caracterizó en película tras película de Hollywood, Johnny Weissmüller, era -como Herta- un suabo del Banat.

Tomado de La Revista, de El Nuevo Día. Puerto Rico. GDA
(…) Lo que distingue la escritura de quienes escriben como minorías alemanas en Centro Europa es un sentido de desarraigo, la búsqueda de una patria que no encuentran sino en la lengua misma. En el caso de Herta Müller, hay también un deseo de claridad moral, de protesta fundamental contra una represión que distorsiona la vida y el pensamiento y una indagación en la manera en que las mujeres experimentan la tiranía.
La adolescencia de Müller estuvo marcada por el gobierno tiránico de Ceausescu en Rumanía. En la Universidad de Timosoara estudió literatura alemana y empezó a interesarse entonces por la rumana, especialmente su folklore. En una entrevista reciente, dijo: «Las metáforas son mucho más sensuales en rumano; son directas. Esas imágenes directas me gustan más que lo que me ofrece mi lengua materna, el alemán. Esa fue una de las razones por las cuales quería aprender rumano» (…)
En 1987 Herta Müller y su marido se trasladaron a Berlín. Salvo su primer libro de cuentos, ‘Nadirs’, que se publicó en forma censurada en Rumanía en 1982 (traducido al español como ‘En tierras bajas’), sus libros -entre ellos los otros tres traducidos al español: ‘El hombre es un gran faisán en el mundo’ (1986); ‘La piel del zorro’ (1992) y ‘La bestia del corazón’ (1994)- se publicaron en Alemania. En ese país recibió también varios premios literarios, entre ellos el Franz Kafka en 1999 y el de la Fundación Konrad Adenauer en el 2004. Su más  reciente novela, ‘Atemschaukel’ (‘Columpio del aliento’) ha sido nominada para el premio nacional de literatura alemana.
Al llegar a Alemania, llegaba a un país cuya literatura también había sido afectada por el enorme trauma del nacionalsocialismo y la II Guerra. La escritura alemana revivió en gran parte después de la guerra con la obra emblemática de Gunter Grass, ‘El tambor de hojalata’ (1959), que reconocía los cambios sicológicos que la historia producía en individuos y naciones.

Otros, como Heinrich Böll, examinaban el legado del pasado alemán en obras como ‘Billar a las nueve y media’ y, como Siegried Lenz, enfocaban sobre el nacionalsocialismo y lo que había significado para la autoimagen alemana.

Poco antes del momento en que Herta Müller llegó a Berlín empezó a surgir en ambas Alemanias -la oriental y la occidental- una literatura femenina caracterizada por una ‘nueva subjetividad’ que identificaba lo personal con lo político. Entre las escritoras más renombradas estaba Christa Wolf, de la Alemania Oriental, que exploró -en obras como ‘Cassandra’ (1983)- los temas del género y la política.
La escritora ha dicho: «El tema de mi escritura no lo he elegido yo, se me echó encima». Lo que hemos podido leer de su obra revela que escribe en una prosa absolutamente sencilla, incluso átona, escuetamente descriptiva.

Se podría caracterizar como brechtiana por la distancia emocional que establece con sus temas, como si la represión tuviera también el efecto de dejar a las personas desprovistas de emoción, atentas tan sólo a las nimiedades de la vida. El laudo del Nobel señala que ella, «con la concentración de la poesía y la franqueza de la prosa, describe el panorama de los desposeídos».
Sus oraciones -por lo menos en traducción- son muy cortas. Los personajes se sitúan en contextos grises y faltos de belleza. Los conflictos se intuyen más que se expresan; están dados a través de las frustraciones diarias, de la incapacidad de los personajes para la locuacidad o la alegría. Así empieza, por ejemplo, ‘El hombre es un gran faisán’: «En torno al monumento a los caídos han crecido rosas. Forman un matorral tan espeso que asfixian la hierba. Son flores blancas y menudas, enrolladas como papel. Y crujen.

Está amaneciendo. Pronto será de día. Cada mañana, cuando recorre en solitario la carretera que lleva al molino, Windisch cuenta qué día es. Frente al monumento a los caídos cuenta los años. Detrás de él, junto al primer álamo donde su bicicleta cae siempre en el mismo bache, cuenta los días. Por la tarde, cuando cierra el molino, Windisch vuelve a contar los días y los años».
Si uno de los efectos de un premio como el Nobel es hacernos concientes de escritores anteriormente desconocidos, ciertamente que la Academia Sueca lo ha logrado en los últimos años. Por otra parte, se hace evidente con este premio que hay heridas aún sangrantes en la siquis europea. El pasado nazi no ha sido asimilado del todo y menos aún lo ha sido la represión soviética y su dominio sobre los países de detrás de aquella llamada ‘Cortina de hierro’.

Hará falta que pasen muchos más años y que se escriban muchos más libros -novelas, poemarios, ensayos- para que aquel continente asimile, comprenda, objetive y supere sus sufrimientos.

Esa es, también, función de la escritura: nombrar para poder comprender; ponerle palabras al horror para poder sobrevivirlo; aclarar el sentido moral de los extremos más difíciles del comportamiento humano. A lo único que no se puede recurrir -como han querido algunos- es al silencio, que nos condena a la peor aniquilación: la de los que no saben (…)

Por Carmen Dolores Hernández

Tomado de la revista Nuevo Día, Puerto Rico. GDA

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